FORMATOS EN CRISIS: Un poco de reality, por favor

  Por: Adriana Amado La tele explotó hasta fin de año los coletazos de emoción que nos dejó el mejor (y único) momento de TV realidad del año, que fue la final de “Bailando por un sueño”. Desmintiendo a esos que sostienen que la gente quiere ver roña entre estrellitas de segundo nivel, el público volvió este año a favorecer los nadies que resistieron estoicamente las hostilidades de los que se creían los protagonistas del show. Jurados pagados de sí, concursantes que tienen como mayor mérito las extremidades tuneadas, animadores de programas satélites que se creían exégetas del quilombo, todos compraron que ellos eran el show. Y resultó que el espectáculo lo movió una chica con enanismo que nació a la televisión de la mano de Anabela Ascar  y un patovica que revirtió la mala prensa de su gremio sin necesidad de mover un músculo (bah, especialmente por eso).   Cuando el programa volvió a lo esencial del reality show multiplicó la audiencia más que cualquier procacidad previa. En la final la audiencia subía en la medida que aparecían los testimonios de los favorecidos  por el cumplimiento del sueño, escuelitas, comedores, clubes de barrios que se suponen movilizaban a los bailarines pero que habían sido inexplicablemente omitidos durante el concurso. Y no obtenían pantalla a menos que impusieran sus pancartas a codazos en la tribuna superpoblada de fenómenos circenses y ansiosos de figuración. Pero es el televidente el que forma parte imprescindible del género al punto que el reality show se mueve con votos tarifados de la audiencia. Que adora el espectáculo tanto como para hacer lo que esa señora que, después de muerta su hija, mandó cartas a los diarios para dar testimonio de su fidelidad y de los milagros que genera el “Showmatch” entre enfermos y minusválidos. No es caño lo que quiere el televidente: es emoción.   Eso que revivió el programa de Tinelli la última semana es lo que está en falta en la horrenda versión de “Gran Hermano”. ¿Dónde están las historias de vida? ¿Con qué participante puede generarse alguna identificación? Marcos Gorbán, que supo ser productor general de las mejores versiones que el programa tuvo en Argentina, dice que el formato entró en crisis cuando en lugar de ganar el que resiste hasta las últimas semanas en la casa, gana el que sale en la primera. La pionera fue Claudia Ciardone, que en GH 2007 descubrió al salir de la casa que la esperaba una tapa de Playboy y otra de Paparazzi y desde entonces no detuvo una promisoria carrera  hasta coronarla por el noviazgo con Ricardo Ford.   Sin embargo, eso vuelve la televisión diez años para atrás y confunde la tevé realidad con un mundo de la farándula devaluado, conformado ya no por estrellas que admiramos, sino por aspirantes a famosos que ni siquiera saben qué van a ser cuándo los sean. Por ese camino también va “Soñando por bailar”. La promoción amenaza con pesadillas del tipo “Conflictos, secretos, enfrentamientos  cuando no están las cámaras” en La soñada, estancia donde pasa el verano  el staff de Ideas del sur. ¡Por favor no culpen al reality show de semejante pobreza de ideas! Eso está deliberadamente fuera del género, y pone a la chiquilinada (que este año además de aprender a bailar debe cuidar chanchos) a competir con las vedetongas de Carlos Paz. ¿Ese es el verano que nos promete la tele? ¿No se les ocurre nada mejor? Si tenías cable,  el mismo día que terminaba “Showmatch” podías ver la final de “The X Factor”, un concurso de talentos que demuestra que se puede hacer un show con gente corriente de excelente calidad, con respeto y cariño por los participantes.  Hay una televisión mejor, pero no es tan barata.   Por suerte, ante la escasez de historia de vida con las que podamos identificarnos, la campaña electoral nos dio algo de talk show con la historia de Brian, el deportista pobre; o de Haydée, la señora que vendría pastafrola y que gracias a que se jubiló pudo comprarse una máquina de coser y seguir trabajando para vivir. O Cecilia, la científica que se convirtió en el modelo de investigadora que vive del Estado desde  que era chiquita. Esas sí que superaron en emoción las que nos contó Andrea Politti. Y tuvieron mucho más rating que “Showmatch”.

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