Ergün Demir fue acusado por una mujer de hacerle gaslighting como arma de manipulación y confusión

 

Una mujer -que fue víctima del fenómeno psicológico-emocional que usa la seducción como arma de manipulación y confusión -cuenta la historia que vivó con el famoso artista.

 

"Gaslighting" es un patrón de abuso emocional en la que la víctima es manipulada para que llegue a dudar de su propia percepción, juicio o memoria. Esto hace que la persona se sienta ansiosa, confundida o incluso depresiva.

 

Este término, que no tiene traducción al español, viene de la película de Hollywood llamada "Gaslight", en la que un hombre manipula a su mujer para que crea que está loca y así robar su fortuna escondida.

 

Él esconde objetos (cuadros, joyas) haciéndole creer a su esposa que ella ha sido la responsable, aunque no se acuerde. También atenúa la luz de gas (no había electricidad) y le hace creer que el fuego sigue brillando en la misma intensidad que antes.

 

Y quien sufrió un caso en carne propia es María De Cicco, autora del libro autorreferencia "Gaslight, el juego macabro de la seducción" (Editorial Akadia), en el que narra la historia que vivió con el actor turco Ergün Demir.

 

A través de la voz de Lucía, su personaje, María se esconde en primera persona detrás de una mujer que fue víctima de abuso y revela su historia de desamor con el popular actor. Ergün Demir, se transforma en protagonista, juez y testigo, de todo el horror que en aquel momento no supo ver.

 

Todo comenzó cuando María conoció a este personaje en un hotel de la Provincia de Córdoba.

 

"Él es muy entrador, se iba a hacer temporada y me paso el teléfono, así empezamos a hablar. Paso nochebuena con mis padres, hizo una investigación muy minuciosa, de cómo vivía, cuanto ganaba, ahora viendo esto me doy cuenta de que había muchas señales", explica De Cicco.

 

El actor turco le preguntó si podía vivir en su casa, si le alquilaba el cuarto de servicio y finalmente logra instalarse un año en su casa (estaba de paso por el país) y, mientras le hace creer que es el hombre ideal, lo único que pretende es ahorrarse la estadía, el hospedaje y la comida que nunca pagó ni estuvo dispuesto a hacerlo.

 

La engaña y le miente sistemáticamente. Le cuenta que firmó un contrato muy importante, sí, pero le aclara que de ese trabajo no va a ganar un peso porque, entre otras cosas, decidió donar todo su sueldo a los "inundados de Jujuy". Y de paso le pide que lo ayude. Que lo entienda. Que no lo juzgue.

 

Las salidas que eran de a dos dejan de serlo. Comienza a salir solo. Le dice que no quiere molestarla. Que mejor ella se quede en su casa, tranquila, que no salga.

 

Las noches dejan de ser románticas y se transforman en una pesadilla. "Tuve que aprenderme todos los rezos en árabe porque si no, no me podía tocar, para dormir en su cuarto me vestía con su ropa de hombre''.

 

La convivencia se tornó cada vez más insostenible: "Él tiene muchos tocs, y no podía tocar nada en mi casa, él decía que por la religión, las cosas del súper las lavaba (hasta diez veces) porque yo las había tocado", sostiene María.

 

Las peleas y la violencia fueron subiendo de tono hasta que un día ella descubre una infidelidad y lo echa de su casa.

Ergün finalmente se volvió a Turquía con unos pasajes que pago su país, y allá vive en un hotel de canje.

 

"Que me estafó el alma, eso siento. Yo me daba cuenta de que algo no estaba bien, pero no sabía cómo defenderme. Ni de qué. Yo creía en él", sentenció María frente a los periodistas los que la entrevistaron antes de la presentación de su libro.

 

 

 

 

 

El Relato en primera persona de la victima

 

Éramos una pareja en “apariencia normal” y nada raro se percibía. Inclusive yo, creía que había encontrado al príncipe azul. Era bueno, educado, carismático y compañero. Casi perfecto.

 

Su perversidad estaba oculta en los detalles más simples, cotidianos y bajo un disfraz de encantadora seducción.

 

Me cantaba canciones con su guitarra y me cocinaba. Estaba muy pendiente de mis cosas y dependía de mí, porque yo lo mantenía. Él me decía que no tenía dinero porque había donado su sueldo de actor a los pobres de mi país.

 

Yo le creí y lo mantuve un año entero hasta que descubrí su millonaria cuenta en un banco.

 

La convivencia era normal, para mí, que naturalicé hechos como no tocarnos ni tocar las cosas de mi casa y hacer todo lo que él me pedía, ya que me hacía creer que eso era parte de su religión musulmana.

 

Me hacía rezar en árabe y me vestía con su ropa para poder tocarlo. Si no, no podía ni acercarme.

 

Les aclaro que antes de irse a vivir conmigo, teníamos una relación de pareja normal, él era encantador y fogoso ¡Buenísimo! Era tal el grado -ahora lo sé- de su perversidad, que cuando se vino a vivir a mi casa “de sorpresa” (a los dos meses de conocernos), me decía que una cosa era salir de novios y otra cosa era convivir.

 

Y al convivir, me dijo que no nos podíamos tocar entre nosotros, salvo cuando tuviéramos relaciones íntimas.

 

Teníamos dos habitaciones y cada uno dormía en la suya. Para él, mi habitación se llamaba “el cuarto del pecado”, y era el único lugar de la casa donde él, cuando tenía ganas, venía y me violaba, porque con el tiempo, ya no teníamos relaciones consentidas.

 

Entonces, cuando él tenía ganas, se aparecía en mi cuarto y yo tenía que estar a su merced. Mientras tanto, yo no podía entrar nunca a su cuarto, ni tocar nada: ni los platos, ni las tazas, ¡nada! Él me servía la comida que solo podía cocinar él.a

 

Así que no nos podíamos rozar ni en público ni en casa. Entonces, para poder tocarlo, yo tenía que hacer un baño ritual, estudiarme el idioma árabe que me hizo aprender (unos seis meses), porque hasta que yo no pronunciara bien el árabe, no nos podíamos tocar.

 

Él vio que yo iba soportando cada pequeña cosa. Comenzó de manera sutil, y yo, como creía que por su religión, no podía hacer algunas cosas, lo respetaba a rajatabla. Así que no me acercaba a él, y si quería hacerlo, tenía que bañarme, rezar en árabe, hacer un baño ritual, vestirme con su ropa y ahí sí podía acostarme en su cama a abrazarlo sin tener ningún tipo de relación.

 

Para darnos un beso, lo hacíamos a través de un vidrio. Y cuando llovía, a él le gustaba contemplar la lluvia desde la ventana de su cuarto, entonces me hacía sentarme en un silla en la puerta de su habitación, sin permiso para pasar. Solo podía ver todo desde la puerta, mientras él lo hacía acostado en su cama.

 

 

 

 

Usó su religión para hacer el mal

 

Paralelamente mi salud física comenzó a deteriorarse y además psíquicamente me sentía confundida y perdida, hasta que un día dejé de ser yo.

Sufría desmayos, estaba muy cansada y sin fuerzas. Muy agotada, fui perdiendo también mi alegría. Siempre fui una persona alegre y feliz, pero durante la relación fui perdiendo todo lo bueno que había en mí.

 

Le obedecía en todo, y poco a poco fui dejando de ser dueña de mi casa y más tarde de mi identidad. Me aisló de todos. Siempre estábamos él y yo y no dejaba que nadie entrara en casa.

 

Nada de su perversidad se percibía. Era bueno, y yo lo admiraba.

 

Todos sus colegas actores hablaban mal de él. Con todos había tenido problemas. Pero yo no veía eso. Yo veía a una persona humilde, sencilla y con mucho carisma. Veía lo que él me mostraba.

 

Un día comencé con hemorragias y una noche después de cenar, se me paralizó el cuerpo y no me salían las palabras.

Él me veía agonizar y no llamó al médico. Me dejó morir y decía que no podía tocarme por su religión.

 

Pero yo no morí y al rato, cuando pude mover un brazo tomé el celular y llamé al doctor. Él se escondió y los médicos pensaban que yo estaba sola.

 

Al otro día cuando me sentí bien se lo reproché, y me dijo: “Pero no te moriste María, estás gritando. Veo que estás bien.

 

Mi deterioro fue tal, que terminé agonizando en terapia intensiva. Me hicieron muchos estudios, pero no encontraban la causa de mi enfermedad.

 

Él viajó a su país, Turquía, a visitar a sus padres y yo me quedé internada peleando por mi vida. Yo sentí un gran alivio cuando se fue, pero estaba desgastada, sin voz, estaba consumida, ojerosa y sin hierro en la sangre.

 

Un día, mi prima le avisó que yo estaba muy grave y él le envió 10 audios hablando muy mal de mí y diciendo que yo estaba loca y que debía estar internada en un psiquiátrico. Cuando escuché los audios, desconocía a esa persona. No era la misma que me hablaba de amor.

 

Ahí descubrí que era un psicópata y que yo había sido engañada.

Yo solo pensaba: “Yo no voy a morir, yo voy a contar mi historia”.

Cuando recuperé mi salud, fui en busca de ayuda psicológica porque no me reconocía. Era una persona perdida en un universo de mentiras. Sin él, yo me salvé, porque si él hubiese estado ahí conmigo, yo no podría contar esta historia hoy. Él huyó al ver mi deterioro, pensando que me iba a morir.

 

Yo estaba aturdida y confundida. No sabía quién había sido mi pareja.

Gracias a los psicólogos y psiquiatras que me atendieron durante largos meses, pude saber que mi pareja era un perverso narcisista en estado puro. Y también pude saber por qué yo soporté todo eso.

 

Este tipo de gente, escogen a personas a las que puedan destruirle su integridad. Yo llegué a no saber quién era yo, pero lo que me sucedió es de libro: agarras un libro de perversos narcisistas y vas a saber que los casos son iguales.

 

¿Cómo me di cuenta de esto? Mi psiquiatra me recomendó un libro llamado “El acoso moral” de Marie-France Hirigoyen, que, cuando lo abrí, me empecé a ver y a darme cuenta de que estas personas tienen la misma conducta y el mismo patrón.

 

Empecé a escribir cada cosa que me había sucedido, y así fui rearmando mi historia como un rompecabezas.

Tuve que sumergirme en mis sombras más oscuras para ir en busca de mí, después de haberme dado semejante golpe con este monstruo.

 

Me di cuenta de que, si bien no somos culpables de encontrarnos con este tipo de enfermos psicópatas, sí somos responsables de los vínculos que construimos y depende de como uno esté, es la pareja que uno va a tener. Hay cosas de tu infancia y de tu vida que debes sanar, porque ellos captan esas vulnerabilidades en ti.

 

Cada una de sus palabras y acciones tenía un trasfondo, porque todo estaba planeado estratégicamente desde el primer día con un fin macabro. Él me sedujo con la más cruel de las intenciones: matarme. 

 

Y pude sanar mi ADN. Porque detrás de cada historia que tenemos, hay otra historia que sanar, para así poder construir vínculos sanos.

 

Yo sé que a mí no me vuelve a pasar nunca más; pero no porque lo descubrí, sino porque SANÉ. Sané mi niña interior y hoy soy otra mujer distinta a la que era. Me amo, me respeto y siento orgullo de mí. Ya no le temo a nada, me siento segura.

 

Dejé de ser una víctima para transformarme en una superviviente.

Yo tuve esa historia, pero yo no soy esa historia. Soy quien elegí ser después de lo que me sucedió.

Desde entonces, tengo cero contacto con él. Corté con la gente que lo seguía y con sus fans. La única manera de desintoxicarte es esa: eliminarlo a él y a su entorno.

 

Él sabe de mi libro y de mi fundación de violencia de género, la cual fundé después de mi experiencia. Y está como loco. Desde su país, salió a desmentirlo.

 

Pero él tiene denuncias penales y civiles en Argentina, así que todo el mundo sabe que no puede volver a mi país. Pero él dice que va a volver. Ojalá que venga a Argentina, porque me encantaría verlo deportado (a pesar de que las leyes aquí son muy débiles).

 

El gaslighting es una táctica de manipulación emocional que atenta contra la integridad de la persona. Es hacernos creer lo que no somos. Es esa luz que se va consumiendo y consumiendo, hasta apagarse y desaparecerse.

 

Este abuso emocional es invisible y sutil, muy peligroso porque no se percibe. Pero cuando te das cuenta, puede ser demasiado tarde. La violencia es indirecta, porque no deja huellas en el cuerpo sino que DESTRUYE LA PSIQUIS. Todo, bajo el encanto de la seducción: sin gritos ni golpes.

 

Empezamos a dudar de nuestras percepciones y terminamos creyendo que estamos locas. 

Ojalá mi libro y esta experiencia tan horrorosa, les sirva a muchas mujeres para saber que no debemos dudar de nuestra intuición ni de nuestros sentidos. Debemos poner límites y trabajar en una autoestima fortalecida para que esto no nos pase.

 

La violencia de género se puede prevenir y para que esto no nos pase, tenemos que tener la autoestima muy firme, autoconocernos, ser seguras y aprender a poner límites.

Ojalá que haya muchos más DESPERTARES que anocheceres y ¡NO DEJEN QUE NADIE LES APAGUE SU LUZ!

 

 

 

 

 

 

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